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A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) – y 13

 

VIERNES 21, DÍA 10

Último día de la semana. A partir de mañana, minivacaciones hasta el próximo jueves. Vamos a ello. Sigue resultándome raro el primer momento de la mañana  sin un cigarro. No sé, quizás debería pensar en hacer deporte, en apuntarme a la piscina, en hacer algo…  En el coche, no escucho la canción. Creo que hoy estoy mejor.  

El día está frío, pero hay un cielo azul que siempre anima. Al final lo que cuenta siempre es la luz. Las mujeres están más guapas y el estado de ánimo se viene arriba. Yo puedo con esto y con más. No es ningún drama, joder.

Voy a comer sólo al hotel. Sole, la camarera, me pone en una mesita de estas que tienen individuales. Bueno también pueden comer dos. Me siento de espaldas a la pared, flanqueado por otros dos currantes, cada uno en su mesa. Se está muy bien aquí porque puedes leer el periódico. Estas a tu bola y te sirven rápido y muy profesional. Pero no sé qué pasa. Sole me dice que la mesa cojea, y es cierto.

-Esto te lo arreglo ahora.-dice, Sole. Toda rubia, sonriente. Siempre me cayó muy bien.

Vuelve con una especie de servilletas y se agacha bajo la mesa, a la altura de mis rodillas y se pone a arreglar el asunto, dejando el culo fuera de la mesa. Sí, parece lo que parece. Y por eso le veo gracia al asunto.

-Sole, por favor, aquí no…¡Que puede haber fotógrafos!- le espeto.

No sé cómo va a reaccionar. Pero se ríe. De hecho, se parte el culo.Y mientras, sigue con lo suyo y se da en la cabeza con la tabla de la mesa. Yo también me río. Y los vecinos con sus mesas también. Cuanto más esfuerzo hace para acabar antes, más tarda. Por precipitarse. “Sole, por favor”,  le digo de vez en cuando.  Es divertido, coño. Puedo ser divertido, aunque no fume. Sigo siendo yo.

Siempre que los viernes acabo de trabajar me siento raro. Como si tuviese ante mí una liberación inesperada, cargada de tiempo. Y yo sin saber qué hacer. ¿Saldre? Ya lo veremos. Siempre me ha gustado improvisar. Es lo mío. Pero lo más seguro es que me quede en casa, viendo una película o jugando a la Play. Ahí estoy a gusto.

Llego y me pongo en el ordenador un momento a revisar unas cosas. Pienso que no he escuchado en lo que va de día la canción. Pongo el vídeo en Youtube. La verdad es que he tenido un ojo buenísimo para escogerla. Esos tíos de los años sesenta, con sus bigotes, sus ropas, su rollo alternativo, paseando por Londres…Y me doy cuenta que en todo este tiempo no he reparado en la letra de la canción. Tiene que ser la ostia, porque la canción es brutal.  Así que me busco en Internet la letra.

 Y no lo puedo creer.

‘Nos saltamos el suave fandango

Y giramos ruedas a través del piso

Me sentía un poco mareado

Pero el gentío pedía más

El salón estaba muy activo

mientras el techo se alejaba

Cuando pedimos otra bebida

La mesera trajo una bandeja

Y así fue que después,

cuando el molinero contaba su historia

que su rostro al principio fantasmal

cambió a una blanca palidez

Ella dijo “No existe una razón,

Y la verdad es fácil de ver”

Pero me perdí entre mis cartas de juego

Y no la dejaría ser

Una de las dieciséis vírgenes vestales

Que eran dejadas en la costa

Y aunque mis ojos estaban abiertos

Pudieron bien haber estado cerrados

Y así fue que después,

cuando el molinero contaba su historia

que su rostro al principio fantasmal

cambió a una blanca palidez’

¿Qué coño es esto?

Lo leo una y otra vez y no lo entiendo. No tiene sentido.  Todo este tiempo que he visto el videoclip en Youtube  daba toda la impresión de que decían algo profundo, importante, casi místico…Y resulta que la letra ¡es esta puta mierda!. Lo confirmo en otras páginas web especializadas. Sí, no tiene más. Este auténtico mito de la música, una de las canciones pop más potentes de la historia tiene una letra que no tiene ni pies ni cabeza.

Atónito, releo los versos una y otra vez buscándole sentido alguno. Y no existe. Es totalmente absurdo.  Lo del molinero me supera. Voy saliendo de la petrificación inicial y veo que quizás todo termina encajando. Al fin y al cabo lo que me está sucediendo estos días también tiene un poco de absurdo.  Un Gobierno que fomenta la venta del tabaco. Que luego la prohíbe en bares, restaurantes, centros de trabajo porque es malo para la salud. Pero lo sigue vendiendo. Y hay gente que sale a la calle a congelarse para seguir consumiendo esa cosa. Para aspirar humo. Otros recurren a pastillas que valen un pastón para dejar de congelarse. Unas pastillas que les joden el estómago.  Unos lo dejan y otros vuelven. Algunos se declaran en rebeldía… Todo es raro, complicado. Extraño,  absurdo. Al final, todo es ‘A whiter shade of pale’.

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A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -12

 

JUEVES 20, DÍA 9

Hoy juega el Real Madrid con el Atlético de Madrid. Partido de vuelta de la eliminatoria de Copa del Rey. El Real ganó al atlético en la ida 3 a 1. Pero todo puede pasar en los partidos de vuelta. El encuentro lo emite una televisión de pago, así que si quiero verlo tengo que ir al bar de al lado de mi casa. Tendré que decidirlo a lo largo del día. Será mi primera salida, tomándome una cerveza. ¿Resistiré?

He hablado con Diana, una amiga a la que no veo desde hace años, cuya hermana me ha dicho que también lo había dejado. Bueno, no he hablado. Le he mandado un SMS. Me dice que lleva dos  meses sin fumar. Y que no toma pastillas. Que recurre al yoga. Tócate los cojones. ¿Qué hace? ¿Estirarse y así no le entran ganas?

Tengo que decir que la cantidad de células alrededor de la garganta que me preguntaban al únisono “¿Qué hay de lo nuestro?” se ha reducido. Pero siguen siendo muchas. Las noto. Las oigo. Hablo con un buen amigo, Alberto, sobre temas de trabajo. Y surge el tema del tabaco. Me dice que él lo dejó hace siete años. Me asegura que el tercer mes va a ser el peor. Tiene bemoles. Yo he hecho una semana y parece que ha pasado un siglo y este me habla de meses.

El día transcurre siendo otra lucha en la que permanezco como agazapado. Si lo piensas la cantidad de sitios en los que a uno le entran las ganas de fumar son enormes. Y los que me quedan. En verano, por ejemplo, cuando vaya a Cadiz. ¿Qué voy a hacer en la playa? ¿Y en el apartamento? ¿Y en el chiringuito? ¿Y en la jam session? ¿y cuando vuelva a casa de madrugada pisando la arena de la playa?

Mi madre me llama todos los días. No puede evitarlo. No es que tenga que decirme nada. Es, según ella, para saber que estoy bien. Y como no tiene nada que contarme, habla del tiempo y cosas de esas.  Suele pillarme trabajando. Yo la escucho como un trámite. Y luego me siento mal. Ahora está preocupada por cómo llevo yo lo del tabaco. Todos los días me martillea. Las madres son la ostia.

A todo esto, también tengo que pensar en ir dejando las pastillas. Son caras y creo que me colocan. A veces, se me va un poco la cabeza. Es como si estuviese todo el día con un puntito. Llamo a Jaime cuando llego a casa. Me dice que él también las va a dejar y que lo lleva bien. Que sale casi todos los días. Yo le cuento que hoy voy a ir a ver el partido. Que va a ser una prueba de fuego. Hablo mucho, estoy nervioso. Me viene bien que Jaime haya empezado a tomar antes las pastillas. Y que ahora decida dejar de tomarlas la próxima semana. Así, puede explicarme cómo le va.

Me pongo la cazadora, que empieza el partido a las diez. Voy a ir al bar de al lado de casa. Cojo un gorro, porque está lloviendo, y salgo a la carretera. Y entonces lo descubro. El bar está cerrado. Qué extraño. Por un momento pienso en ir a otro que está un poco más lejos o en ir a Villaviciosa. No sé qué hacer. Estoy inquieto. Para un día que salgo… Pero al final, vuelvo a casa. Mejor. Puede ser una señal. Ya en la cama, casi a punto de dormirme, sigo el encuentro por la radio. Están empatando.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -10

 

MARTES 18, DÍA 7

¿Dónde estoy? Ah, es verdad, vuelvo a estar en mi casa, en Villaviciosa. He tenido sueños muy profundos y reales. Esta semana madrugo para ir al trabajo. Permanezco en la cama porque todavía no quiero levantarme. Aún recuerdo lo mal que lo pasé ayer. Sin embargo, parece que hoy estoy mejor.

Así que salgo de la cama, como anestesiado, pensando que si hago algún movimiento brusco posiblemente vaya a pasarlo mal por la ausencia de tabaco. Empiezo a cogerle el punto a la nueva cafetera y sus dosis. La verdad es que para una persona sola está muy bien. No voy a mentir, me apetecería un montón fumarme un cigarro. Pero no puedo. No voy a fumar más, me repito.

Tras escuchar al menos un par de veces ‘A whiter shade of pale’ llego al trabajo mascando chicle. Definitivamente este no es un día malo. Pero lo que de verdad me aterra es pensar que puedo tener recaídas como la de ayer. Yo no contaba con eso. A partir de ahora tendré que estar preparado. En cualquier caso tengo que dejar de dramatizar con las cosas.

Precisamente hoy he hablado por teléfono con un buen amigo, José Miguel. Le he contado que lo había dejado, porque se lo cuento a todo el mundo con el que hablo, ya sabes. Me ha dicho que él lo dejó hace seis años. Que voy a pasar este mes mal, el siguiente mejor, y el tercero voy a estar bastante angustiado. Coloco su predicción en el cajón de múltiples consejos que no me creo y que me van arrojando estos días todos los ex fumadores con los que hablo.

José Miguel me dice que los psicólogos suelen comparar dejar el tabaco con la muerte de un ser querido. Que tarda en el tiempo. Esto sí que es nuevo para mí. No se me había ocurrido.  La comparación se me hace extraña. Pero luego lo pienso y no es tan descabellada. De alguna manera yo me siento vacío desde que he dejado de fumar, como si me faltara una parte. Y sé que sólo el paso del tiempo va a hacer que desaparezca esa sensación. No hay recetas milagrosas, lo que cuenta es que pase el tiempo. Por otro lado, ¿cómo sabe mi amigo lo que dicen los psicólogos? ¿Habrá ido? No se lo pregunto.

Termino de trabajar. Qué pronto se hace de noche. Apenas hay luz a las cinco y media. Voy por una de las calles más transitadas de Oviedo en dirección al aparcamiento, con las manos metidas en los bolsos y con la capucha, porque llueve un poco. En la mano derecha noto algo frío y detecto que es metálico. Entiendo que es un bolígrafo, y de los buenos. Así que quiero echarle una ojeada. Lo saco del bolso. No. No es un bolígrafo, es un cuchillo con el mango metálico.

Vamos a ver. ¿Qué coño es esto? ¿Qué hace un cuchillo en el bolso de mi cazadora?  Me paro en la calle mirando al cuchillo metálico, que sujeto en la mano. Está sucio, presenta restos de comida. De mi casa no es. Del restaurante donde como habitualmente tampoco porque no tienen ese diseño. Quizás sea uno que había en un cuarto de la oficina, que se solía utilizar para cortar los pasteles que se regalaban por algún cumpleaños. Pero ¿cómo diablos ha terminado en mi bolso?

Pienso todo eso y me hago preguntas, cuando me doy cuenta de que estoy en medio de la calle, con el rostro semioculto por una capucha y mirando un cuchillo metálico que sostengo en la mano. Por eso la gente que va caminando se aleja de mí. Qué fuerte. Necesito deshacerme de él. ¿Dónde hay una papelera?. Si algún agente de Policía me ve seguro que me dice algo. O me detiene. Sigo caminando en busca de una puñetera papelera. Pero me doy cuenta de que camino con el cuchillo agarrado por la empuñadura. Joder. En el bolso no lo voy a volver a meter, que está sucio. Me decido por cogerlo por la parte sucia, retrasando el mango hacia la muñeca, ocultándolo. ¿Qué pensará la gente? Por fin. Encuentro una papelera y me deshago del cuchillo.

No le encuentro explicación. Llamo a la oficina a ver si ha habido alguna simpática que me lo haya metido en el bolso en plan de broma. Sospecho de una. Pero, asombrados por lo sucedido, lo niegan una y otra vez. Pues yo tampoco me he metido el dichoso cuchillo en el bolso.

Ya cuando llego a casa estoy más tranquilo, tras 25 minutos de trayecto en coche. Tengo muchas horas por delante y sin fumar. Pienso en el cuchillo y que hoy lo estoy llevando mejor que ayer. Me pongo a mirar cosas en el ordenador y entonces sí, entonces me entran ganas de fumar. Como estoy en el salón grande me da por andar. Doy vueltas, camino en redondo. Joder, qué cuadro.

Luego para cenar, lasaña recalentada. Me voy a la cama prontito a leer. Pongo la radio y me quedo dormido con su eco. Qué mal se sintoniza la radio en esta casa. ¿He tomado la pastilla? Ah, sí.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -9

 

LUNES 17-DÍA 6

La parte de mí que todavía quiere fumar es jodidamente retorcida. Cuando despierto esta mañana el pensamiento que tenía era ir al ordenador con mi café y a fumar mi cigarro. Sobre todo esto. Estoy un rato pensándolo, hasta que me doy cuenta de que ya no fumo. Qué bajón. Que fastidio. Me ataca ya a primera hora. No me he levantado hoy bien. De hecho creo que es peor que ayer. Me cuesta pensar que pueda tener una involución. Yo creía que todos los días iban a ser mejor que el anterior. Pero se ve que no y eso me preocupa.

Hay que sobreponerse. Recurro a los resoplidos. También coincide que es lunes, el arranque de una semana y eso puede influir. Pero lo cierto es que no debería notarlo tanto porque he trabajado el fin de semana. Me estoy comiendo la cabeza demasiado, pero sé que hoy va a ser un día complicado, principalmente porque voy a salir pronto del trabajo. Y me iré a mi casa. Y allí estaré solo muchas horas. Sin fumar.

Me despido de mis padres y una vez en el trabajo me decido a mandarle un SMS a Jorge (el que se llama igual que yo) para darle ánimos y saber cómo está. Seguro que también lo está pasando mal y comprobarlo me aliviará. “aaamos, que nos vamos!! aguantando”, le escribo. Pasan dos minutos y me responde: “Cada vez mejor!”. Mierda.

¿Y si yo no lo puedo dejar? ¿Y si vuelvo a caer?

Me vienen a la cabeza esas preguntas, de golpe, a traición. Es curioso, pero hasta ahora no me lo había planteado. Pero no, tengo que dejarlo. Es mi proyecto y lo voy a conseguir.

Lo malo es que hoy no lo estoy llevando nada bien. Eso me molesta porque hasta este día todos los demás había notado una evolución. Este lunes es como si fuese un paso atrás. Con esto yo no contaba. Me las prometía muy felices.

Cualquier empresa que se precie tiene becarios hoy en día. La palabra ‘becario’ es un eufemismo que significa que el jefe contrata a un joven que hace un trabajo similar al resto de la plantilla pero que cobra diez veces menos que cualquiera de los contratados. Además a la empresa le sale gratis deshacerse de él y tiene a un montón de becarios mandando currículums deseando trabajar en esas condiciones.

El becario piensa la empresa va a contar con él y que algún día va a cobrar lo que el resto de sus compañeros de oficina. Pero tal y como están las cosas, lo más probable es que esos compañeros terminen cobrando lo mismo que el becario. Ante ese tipo de abusos laborales, un Gobierno socialista como el que existe ahora en España no legisla. Eso sí, se emplea a fondo para echar a los fumadores de los antros. Lo piensas y es terrorífico.

Bueno, a lo que voy. En mi oficina, como no podía ser de otra manera, hay una becaria. Dicharachera como pocas, la escucho decir que ella va a seguir fumando, que a ella no la van a doblegar, que sólo le faltaría dejarlo por culpa de un Gobierno. Que encima se liga mucho cuando sales a la calle, te encuentras a gente sola también fumando y es una buena oportunidad…

Quizás tenga razón. Me voy a mi casa. Y son las cinco de la tarde. Es decir, un montonazo de horas antes de irme a la cama. Sin fumar. Así que decido pasarme por el supermercado. Saludo a algún conocido y compro lo que me apetece. Coca-Cola y pan Bimbo, alimentos básicos para la vida de un soltero, no faltan. La cajera me dice que tienen en oferta una pasta de dientes por 78 céntimos. Le digo que sí. Alegría. No puedo más y me como otro chicle.

Ya en casa la sensación es aún peor. Me quedo medio paralizado. Ahora es en la espalda donde me entra un cosquilleo que me demanda que fume. Es curioso este cuerpo nuestro. Se supone que estás haciendo algo que le beneficia, y sin embargo se empeña en que actúes de forma diferente. Estoy seguro de que mi cuerpo quiere que fume.

Consciente de que esta batalla va a ser dura resoplo una vez más. Quiero jugar a la Play hasta no muy tarde. Luego cenar y después irme a la cama. Sin más. Así lo hago, tras tomarme mi pastilla. Ha sido un mal día.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -8

 

DOMINGO 16-DÍA 5

Bueno, me levanto pronto, pero no tanto. Aún así tengo tiempo de sobra para brujulear por la casa de mis padres. Cafecito y ordenador (sin pitillo). Los periódicos cuentan historias de fumadores y ex fumadores. Resulta que ahora hay presuntos fumadores que salen a la calle con la excusa de fumar y se largan luego sin pagar. Dicen que es un problema serio. Hay noticias también de hosteleros que hablan de despedir a sus empleados por falta de clientela. Dejo de leer esas cosas. A lo mejor no me conviene tanto leer sobre el tema del tabaco.

Es por la mañana y lo llevo razonablemente bien. Y entonces sucede. De repente, me llega unas ganas de fumar locas. Lo paso mal. Joder, estoy en el quinto día. ¿Por qué me pasa ahora esto?. Lo resisto como puedo y vuelvo a la situación normal. Y entonces intento racionalizar las causas de estas ganas locas que me han entrado de repente. Quizás lo que ocurre es que al principio el cuerpo pedía tabaco y me atacaba pidiéndomelo. Pero yo le veía venir y podía resistir mejor. El cuerpo vio que no lo podía lograr y ahora ha cambiado de técnica. Y por eso recurre al factor sorpresa. Intenta atacarme cuando no lo espero. Debo estar prevenido para eso.

También trabajo hoy domingo. Así que ya voy en el coche, conduciendo en dirección a la oficina. Y me pasa una cosa. Te aviso de que lo que voy a contar ahora es un poco desagradable. Me tiro un pedo. Pero no un pedo cualquiera, sino uno de esos profundos y largos, pero que además tiene un olor auténticamente nauseabundo.  Lo cierto es que es algo que me pasa desde el primer día que dejé de fumar. Hasta ahora no hecho referencia porque pensaba que no tenía importancia. Al fin y al cabo ventosidades las tiene todo bicho viviente. Pero los que yo me tiro ahora son pedos cualificados, mucho más potentes que los que me tiraba cuando fumaba.

Si tiro uno de estos pedos en un local de copas, lo vacío. Porque su olor, auénticamente asqueroso hasta para mí, ni siquiera se vería mitigado por el olor a humo de tabaco que había antes de la ley. Creo que causaría un efecto peor que un spray de pimienta. ¿Qué voy a hacer si me pasa? ¿Y si me tiro uno con alguien conocido? ¿Y si sucede en la cama con una amiga? ¿Y en una reunión de trabajo?… Me muero. En serio, es una pasada. Tengo que abrir las ventanas del coche y todo para que se ventile. Qué fuerte.

Llego a casa de mis padres. Última noche aquí. Estoy tranquilo y veo al Real Madrid empatar con el Almería y al Barcelona golear al Málaga. Mis padres tienen contratado un paquete de esos de pago para ver la televisión y es una gozada tener acceso a todos los partidos. Cena agradable con ellos. Me voy para la cama pronto. A dormir. Otro día que he aguantado. Parece que llevo ya un montón de tiempo.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -7

 

SÁBADO 15 – DÍA 4

Lo malo de dormirse tan pronto es que te despiertas también a una hora muy temprana. Y encima con ganas de fumar. Pero bueno, es lo que hay. Es mi cuarto día. Con dos pelotas. Estoy en casa de mis padres y aquí el café es de una máquina normal. De hecho me tomo el del día anterior. Me voy a su ordenador, procurando no hacer ruido para no despertarles, a brujulear en Internet. Jo, con las veces que yo he fumado al tiempo que le daba golpes a este teclado…Tengo que ser fuerte.

Ya se levantan mis padres. Están contentos. Y yo me tengo que ir a trabajar. El trayecto desde casa de mis padres a la oficina es menor que el que hay desde mi casa. Tras aparcar y empezar la pequeña caminata me doy cuenta que no he escuchado la canción  ‘A whiter shade of Pale’ en el coche. Seguro que lo haré luego en la oficina.

 Antes de ir a trabajar se me ocurre exponerme a otra situación de riesgo. Voy a entrar a una cafetería a tomar un café. Con un par. No lo he hecho hasta ahora, salvo en el bar que está al lado de mi casa, porque ¿qué sentido tomar un café en un local si no puedes fumar? Esta vez lo hago. Y curiosamente no me siento tan mal. El ansia se ha hecho más uniforme, más estable. Se va llevando mejor, aunque esté ahí.

He quedado hoy con Jaime. Nos vemos y contamos nuestras evoluciones. Él dice que se siente mejor. Yo no. Él tampoco tiene más hambre. Ahí coincidimos. Y entonces me cuenta una cosa. Pero antes te comento una cuestión que se me había olvidado. Esta mañana cuando iba a ducharme me miré de reojo en el espejo. Y entonces me pareció como que tenía la barriga más redonda. Vamos, como que había engordado. Imposible, pensé. ¿En cuatro días?, no puede ser.

-Joder, tío, he engordado cuatro kilos.- Es lo que me dice Jaime.

– Calla, calla, serán imaginaciones tuyas, a mí también me pareció hoy al mirarme en el espejo…

– Que no, que no, que me he pesado y todo. De 90 a 94 kilos. Tengo que ir al gimnasio.

Tiene bemoles. O sea, que ahora se engorda por la gracia de Dios. Yo le digo que quizás es que ahora no cagamos bien y que acumulamos. Pienso en el chuletón que cené ayer. ¿Tendré que cuidarme? Yo al gimnasio no voy porque me parece un coñazo. Y correr lo veo de cobardes…

Bueno, en fin, que vuelvo para la oficina. Me encuentro a una prima mía que me dice que también dejó de fumar en su día. El submundo de las personas que han dejado de fumar y te cuentan su experiencia es de lo más variopinto. Cada uno te dice una cosa. El jueves otra conocida  me comentó que ella lo dejó hace diez años y que sigue teniendo unas ganas locas de fumar. Ahora mi prima me dice que ni piensa en ello. Pero hay muchas variantes. Cada uno te cuenta una película distinta. Hace tiempo que he decidido no hacerles caso. O sea, no tomarme las cosas al pie de la letra. Porque cada persona es un mundo. Y además, hay gente muy colgada. Yo, a lo mío.

Compro chicles después de comer. Me están entrando muchas ganas. Ahora ya no es todo el cuerpo el que me lo demanda, ni la barriga ni la cabeza. Pero de repente noto una sensación nueva, un malestar que aún no había conocido. A ver si puedo describirlo. Es como si notase un vacío en la parte posterior de la boca. Como si todas las células que forman el cuello y la garganta me soltasen a gritos: “Eh, tú, ¿qué hay de lo nuestro?”. Y me harto de que me lo pregunten una y otra vez. “De lo vuestro ya os podéis ir olvidando”, me dan ganas de contestarles. Pero claro, yo no hablo su idioma.

Los fines de semana que me toca trabajar estoy solo en la oficina. Eso hacía antes, cuando me tocaba,  aprovechase para fumar. Abría una ventana por un lado y otra en el opuesto para que se fuese el humo y el olor. Lo malo era que yo estaba en el medio de la corriente. Eso hacía que tuviese que ir abrigadísimo a trabajar. Y que a veces estuviese frente al ordenador con el plumífero puesto, subido hasta el cuello, dándole al teclado pero vestido como si me encontrase en Vaqueira Beret. Supongo que esa imagen me dará risa o pena en el futuro. No lo sé.

Otro día que he aguantado. Además, hoy creo que apenas he resoplado. También me quedo en casa de mis padres. Joder con mi madre. Me pone para cenar un cocido de garbanzos que ha puesto al medio día. Con su chorizo y lacón. Y me lo como. Pero sigo pensando que no tengo más hambre ahora que antes. Cuando fumaba también me comía algún cocido de mi madre de cena alguna vez. Es que las madres son la leche. Por más que cumplas años, ellas te ven como un desnutrido durante toda la vida. No pasa nada. Otro día a la cama prontito. A llevarlo. A sufrir. La de hoy ha sido una jornada mejor que la de ayer. Y esperemos que mejor que la de mañana.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar)- 6

 

VIERNES 14 DE ENERO.- DÍA 3

Otro día que me despierto pronto, a eso de las siete de la mañana. Doy vueltas y vueltas en la cama. Tiene bemoles que me despierte y tenga ganas de fumar. No sé si ponerme a leer el libro que tengo para dormirme, uno que va sobre los prolegómenos de la guerra civil en España, que ganó el premio Planeta este año, o levantarme. Al final, de forma valiente, opto por lo segundo.

Noto que me duele un poco la garganta. Carraspeo. Que raro, si ya no fumo. Me lo explico a mí mismo diciendo que eso debe de ser que el cuerpo está reaccionando. Bueno, hoy voy a dormir a casa de mis padres. Allí me quedo el fin de semana. Tengo que recoger cosas para llevar. Pero todavía me queda mucho tiempo, es pronto. Así que me planteo ponerme en una situación de riesgo extremo: delante de la Play. Los cigarros, a veces dos, que venía echando entre partida y partida eran míticos. Así que pongo el juego de F1 2010 de Codemasters, que es un ‘pasón’, y me pongo a correr en Inglaterra, en Silverstone. Cuando termino, las ganas de fumar son grandes. Las domino. Yo soy el que domina. Son muchos años, es lógico.

Luego friego varios platos y tazas que tengo sucias por la cocina. Lo hago con el estropajo que compré en el supermercado. Es cojonudo, porque puedes meter jabón por un mango que tiene. Termino y, por fin, va llegando la hora para irme. Me pesa todo el cuerpo. Cada paso que voy a dar me imagino luego fumando. Pero me lo tengo que negar a mí mismo una y otra vez. Por fin, me voy a trabajar. Antes me compro otra caja de las pastillas Champix, para las semanas 3 y 4. Me cuestan 61 euros. Joder, que pastón. Y a lo mejor no me hacen nada.

El día es complicado. Ya sé que no es ninguna novedad, pero sí hay alguna diferencia. Si bien los dos primeros días lo pasaba fatal, lo que les caracterizaba es que tenía picos de sufrimiento grandes. Hoy, sin embargo, estoy más estabilizado. Es decir, es una sensación de estar jodido, pero más sostenida en el tiempo, sin tantos sobresaltos. La camarera, a quien también se lo he contado hoy, Mary, me ha dado caramelos. Se creerá que por dejar de fumar voy a joder los dientes. Los reparto entre las compañeras de la oficina, que se lanzan sobre ellos como buitres carroñeros.

Ya es de noche y llego por fin a casa de mis padres. El trayecto urbano se me ha hecho duro, porque siempre lo he hecho fumando un pitillo por la ventana del coche. Al entrar por la puerta me reciben con afecto. Directamente a la cocina. Allí destaca sobre todas las cosas mi cena. El chuletón que me ha preparado mi madre es inmenso, descomunal. Pero además  le ha puesto una fuente de patatas enorme. Y chuletón y patatas se solapan en importancia. Qué desfase.

Mira que me han dicho que cuando dejas de fumar te entra el hambre. Pues a mí no. Y que percibes mejor el sabor de las cosas. Pues tampoco. Yo no noto nada de eso. Eso sí, me esfuerzo por acabar el chuletón ante la mirada de mis padres. Mi madre, que está pachucha, dice que soy muy valiente por dejarlo. Yo le resto importancia, que no se pase. Y luego reconoce que está preocupada por si me entra una depresión por dejar de fumar. Las madres son la ostia. Siempre se preocupan por todo. O sea, veinte años, dando la murga con que lo deje y ahora que lo hago, se preocupa por si entro en depresión. ¿Estamos locos?.

El que es un fenómeno es mi padre. Me va dando consejos sobre los plazos en los que va a dejar de importarme. Cualquiera que lo oiga parece que él ha dejado varias veces de fumar. El tío es creíble y todo cuando lo cuenta. Pero no ha fumado en su vida. “Oye, oye, que algún cigarro sí que me he fumado yo”, me replica. Me parto.

Explico que mi decisión se debe a que con la nueva ley, ya no voy a poder fumar en ningún lado, porque te echan de los bares y restaurantes, y no voy a estar a gusto. “Bueno, vosotros los fumadores habéis abusado durante mucho tiempo”, me dice mi padre, como justificando la norma.

Entonces, de repente, siento que tengo que tomar partido. ¿Voy a ser un ex fumador radical que condena a todos los que fuman o voy a convertirme en un ex fumador tolerante que apoya la libertad de cada uno?. Me decido por lo segundo. Y le digo a mi padre que estoy en contra de la ley. Que eso de prohibir tanto no está bien, que debería saberlo…

Después de cenar, hablamos un poco. De esto y de aquello. Deseo tumbarme en la cama y echar un pito, pero no puedo. Les digo que me voy a la cama, a la misma cama donde siempre he fumado. Otra situación de riesgo. Me aguanto y me jodo. Y leo mi libro de los prolegómenos de la Guerra Civil, que me lo he traído. Caigo frito al cabo de unas páginas.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -4

 

MIÉRCOLES DÍA 12.- DÍA 1 

Llegó el día. Qué sensación más rara. O sea, que no puedo fumar ni un cigarro, vamos. Esto es muy fuerte. Hago el café en la máquina que mis padres me regalaron el día de reyes. Una de esas de cápsulas. Para una persona sola como yo estas máquinas están fenomenal. Pero para mucha gente tiene que ser un coñazo. Todo el día que si cápsula va y cápsula viene.

Total que bajo al otro salón, como todos los días, con mi café recién hecho. Y me falta el cigarro. Y no puedo fumar. Ha llegado el día. E intento mentalizarme. Pienso que las pastillas tienen que hacerme algún efecto. Pero nada. ¿Y si las pastillas son un fraude?. Porque las estoy pasando canutas. Incluso no consigo hacer de cuerpo. Cosa rara en mí, que siempre he sido como un reloj. ¿Y si por eso la gente engorda cuando deja de fumar?. Quizas es que dejan de ir al baño con regularidad y no evacúan. Y van acumulando dentro. Joder, se me va la cabeza. Escucho ‘A whiter shade of pale’ a todo volumen en el ordenador. Veo el vídeo en Youtube. Y me reconforta.

Todo es raro. Porque en cada movimiento voy pensando en cuándo me echaría el próximo cigarro. Me como la cabeza. Supongo que eso es normal. O no. Pero es duro, tan duro como yo pensaba o más. “Ahora fumaría”, y me visualizo haciéndolo. Y no sé si eso es bueno o es malo. Entonces, me doy cuenta de que tengo los ceniceros llenos de colillas repartidos por toda la casa. Hay que fregarlos. Lo hago con cierta sensación de despedida y los dejo secar.

Ahora las pastillas de Champix que me tomo, a partir de esta semana, son más grandes. Y además tienen un color azulado. Por cierto que el otro día me comentaron que sus fabricantes son los mismos que los de la Viagra. Pues me he levantado de la cama con el mastil por todo lo alto. Igual tiene algo que ver. Hay que pensar en cosas que no sean tabaco ni fumar. Pero me es muy difícil.

Por supuesto, al bar que suelo ir a tomar otro café al lado de mi casa no acudo en esta ocasión. Sigo asociando tomar un café en un local con fumar. Madre mía, qué mal lo voy a pasar. Tengo que ir a trabajar.

Curiosamente, en el viaje en el coche hacia el trabajo, donde no suelo fumar, las paso canutas. Tengo que ponerme la canción de ‘A whiter shade of pale’. A todo volumen y pisando bien el acelerador por la autopista. Y entonces hago algo que me relaja. Grito. Sí, grito un “¡Yo puedooooo”, hasta quedarme sin aire. Y lo hago más de una vez. Es ridículo, lo sé. Pero en nuestro coche todos hacemos cosas ridículas. Como si no nos viera nadie. Imagino a otro conductor que me vea como un enajenao gritando mientras le adelanto y me entra una risa nerviosa.

El día es un puñetero infierno. Voy descubriendo todos los puntos en los que solía fumar y ahora no puedo hacerlo. Me lo pide el cuerpo y yo no se lo doy. Me lo pide la cabeza. Y no me doblego. Porque además no llevo ni tabaco ni mechero encima. Eso también se me hace raro.

Le cuento lo que siento a un compañero de oficina. Pobre. Le estoy poniendo la cabeza como un bombo, cuando él no sabe lo que es esto. Que se joda. Yo tengo lo mío. Después nos vamos juntos al supermercado. Él siempre compra agua y se bebe botellas y botellas. Nunca he entendido esa historia. Beber agua por beberla siempre me ha parecido absurdo. Lo hacen mucho las chicas, dicen que porque adelgazan. Supongo que mearán y cagarán más, no sé.

En esta ocasión yo también compro agua, una botella de Fuensanta. Bebiendo a sorbitos cuando me apetezca fumar quizás mitigue el deseo ese.  Me da cierto rubor comprar sólo la botella de agua. Así que también me llevo un estropajo para fregar y un pack de chicles. Y que la dependienta me dé una bolsa.

Paso la tarde bastante mal. Me viene el ansia. Y vuelve a venirme. Descubro una técnica, aparte del agua y de los chicles. La que he denominado la técnica del resoplido. Consiste en respiraciones profundas por la boca. Así puede que oxigene el cerebro y engañe al cuerpo. No estoy bien. No me siento completo. Tengo que pasar el día. Como ya es por la tarde, llamo a Jaime por teléfono. Y me dice que este es su tercer día. Que lo lleva peor que el primero. Me hunde.

Hay que seguir. En el coche, de vuelta a casa, otra vez el ansia. La canción, el grito. Espero que no tenga que hacer esto siempre. Cuando llego al hogar, sensación rara. Decenas de sitios y momentos en los que echaría un cigarro. Quiero meterme en la cama cuanto antes. Ceno pollo empanado recalentado y me voy al sobre. He hablado con Jorge (el que se llama igual que yo) y también está aguantando. Me reconforta que, al final del día, yo pueda decir que también lo he hecho.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -3

MARTES DÍA 11. DÍA -1

Hoy sí que la cosa se pone tensa. Es el último día. Se dice pronto. Saboreo ese primer cigarro de la mañana, mirando los titulares de los periódicos en el ordenador. Y de repente me da un punto muy raro. Voy a la nevera y saco unos botes de cristal vacíos que hace meses contenían pimientos. Como soy bastante vago para lo que quiero, los había dejado en la nevera. En plan decorativo, ya ves.

Friego esos botes. ¿Que por qué?. Pues porque va a ser ahí donde meta los cuatro euros diarios que me ahorraré por no fumar. Como son de cristal voy a tenerlos a la vista. Y si haces cuentas, a lo largo del año es un dinero. Unos 1.600 euros. Me han dicho que ayuda. Pongo el primer bote al lado de la televisión. Mañana meteré mis primeros cuatro euros.

Estoy fumando compulsivamente en el día de hoy. Lo noto. Se me acaba el chollo. ¿Cómo será la vida de ex fumador? ¿Lo aguantaré? ¿Será demasiado duro? ¿Y si vuelvo?. Son preguntas que me van martilleando la cabeza. Noto que el cigarro sabe de otra manera, aunque si te digo la verdad yo nunca he sido de distinguir el sabor de los cigarros. Pero me los ventilo que da gusto.

Voy en coche en dirección al trabajo y tengo que dar la vuelta porque se me ha olvidado la pastilla. Joer, voy a llegar tarde. Por fin entro en la oficina y hago una cosa que he venido pensando en el coche, en el trayecto: si lo que quiero es que lo sepa mucha gente, lo mejor es ponerlo en Facebook. Y además, he elegido una canción para que me acompañe en toda esta aventura. La he escuchado en el coche y me ha convencido. La he buscado en Youtube y he colgado su vídeo en mi muro junto con el comentario ‘Desde mañana, 12 de enero, adiós al tabaco’. Joer, qué agobiado estoy.

La canción que he elegido se titula ‘A whiter shade of pale’ y es de un grupo que se llamaba Procol Harum. Está guapisima y creo que recoge mi estado de ánimo. Tiene un punto de desgarro, melancólico pero también deja la puerta abierta a la esperanza. Acabo de releer la frase anterior y creo que me estoy volviendo gilipollas. Cosas de las pastillas, digo yo.

Al poco tiempo, comienzan a llegar comentarios a mi muro. Bien, eso es que lo están leyendo. Algún confundido diciendo que esta no es la primera vez que lo intento. Qué chorrada. Pero la mayoría de los comentarios me transmiten ánimo, cosa que agradezco. Le doy a lo de ‘me gusta’. Ya está. Lo sabe un montonazo de gente. No me puedo volver atrás. Qué agobio.

Todos los días como en un restaurante próximo a la oficina. Pues hoy, como un gilipollas, he entrado con el cigarro encendido y fumando. Era lo que siempre hacía antes de entrar en vigor la ley. Noto que la gente me mira. Pero yo, como si nada. Voy eligiendo un periódico para leer durante el tiempo que como. Pero veo que los camareros también me miran demasiado, aunque no me dicen nada, en una conducta propia de los profesionales que te cobran 11, 50 euros por un menú escaso. Y entonces, ¡Zas!, me doy cuenta. Joder, qué vergüenza. Doy pasos atrás, abro la puerta exterior y tiro el cigarro, aún encendido a la calle. Y se lo comento a Sole, que es una de las camareras.

– Joder, que he entrado fumando…- Le digo

– No fastidies. No me había dado cuenta. – Me responde.

Qué profesional

Los clientes me siguen con la mirada de reojo, mientras me dirijo a la mesa asignada. Comentan entre ellos. Todo el mundo habla del tabaco. De la nueva ley. Jode,  qué agobio.

La tarde transcurre intensa, mucho trabajo. Y yo pienso en el atracón de fumar que me voy a pegar cuando llegue a casa. La última noche del último día que he podido hacerlo. Eso ¿se celebra o algo?, ni idea.

Al fin llego a casa y comienza el festival. Cigarro tras otro. En el salón, en la cocina, en el otro salón…Partiditas en la Play que dejo a medias para echar un cigarro. Mañana ya no podré. ¿Lo aguantaré?. Vuelvo al salón de arriba. Pongo la televisión a ver si me quita esta tensión que tengo. Y sigo fumando. Pero el sueño me vence otra vez a eso de las once. Me angustia pensar que ya no voy a fumar más. Putas pastillas. Me voy a la cama.

Prácticamente dormido me sobresalta el sonido de mi teléfono móvil. Es un mensaje de Jorge  (el que se llama igual que yo). “Mañana, a por todas!!”, me pone. Uff. Medio dormido, le contesto: “Ahí, ahí”. Ay, madre.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -1

INTRODUCCIÓN

Algún día tenía que dejar de fumar. Pues bien, ese día ya ha llegado. No es que esté convencido del todo y ese es uno de mis temores sobre mis posibilidades de éxito. Pero voy a intentarlo por primera vez y el próximo miércoles 12 de enero de 2011 lo dejo. Quizás por eso escribo esto, tal vez a modo de terapia, tal vez para ayudar a alguien que pueda encontrarse en una situación parecida a la mía e identificarse. Quizás no consiga dejarlo y todo esto no habrá servido para nada. Pero creo que puedo. Otros lo han hecho. ¿Por qué yo no?.

La cuestión es que este año cumplo los cuarenta. Llevo fumando desde los 20 años aproximadamente un paquete diario. Y eso de forma regular. Porque cuando salgo de parranda la cosa puede aumentar y aumentar. Rubio, siempre tabaco rubio, en concreto Lucky Strike. Lo compro por cartones en el estanco y así no tengo problemas de abastecimiento. Como vivo sólo, sin hijos, mujer o suegra fumo donde quiero y cuando quiero. Una gozada, vamos.

Pero claro, las cosas se han puesto mal. El Gobierno ha impulsado ahora una ley que prohíbe fumar en bares. Incluso en las cercanías de hospitales o colegios. Totalmente prohibido queda en los aeropuertos. Es la dictadura de los aburridos, de los que no fuman, que piensan que así van a ser menos aburridos. Te bombardean con estadísticas de las muertes que causa el tabaco. Y de lo que cuesta al Estado un enfermo por cáncer de pulmón. Pero creo yo que se olvidan de restar de esa cantidad los impuestos que has pagado toda tu vida por los cigarros que te fumas. Y también lo que se ahorran en esos años que supuestamente no durarás y en los que tienen obligación de pagarte una pensión y de atender sus achaques. Allá ellos. A mí no me la pegan. Mienten una vez más.

Pero no sólo por la nueva ley la situación es prácticamente insostenible para los que fumamos. Ocurre que cada vez estoy rodeado de más gente que no lo hace. Mis amigos ya tienen críos y eso. Y cuando vienen a casa tampoco les voy a ahumar. Algunas de mis amigas están embarazadas: tres cuartos de lo mismo. Eso es un coñazo, porque lo pasas mal.  Tampoco puedes en viajes, en cines y ahora, en los bares. Así que, a dejar de fumar.

Para conseguirlo me he comprado unas pastillas azules que me ha recomendado un compañero de profesión. Se llaman Champix. Al parecer actúan sobre el cerebro y le dan el rollito que proporciona el cigarro. Las tengo compradas desde octubre. Pero no me he puesto a ello aún, porque siempre me surgía algún plan en el que no podía prescindir del tabaco. Cuando no era una cena, era una excursión, un encuentro con antiguos ex compañeros o la Navidad misma. Así que lo he ido posponiendo.

En el prospecto de las pastillas dice cosas muy curiosas. Tiene una lista de contraindicaciones con la que puedes empapelar una pared. Entre ellas pone algo así como que si tienes comportamientos o pensamientos suicidas que dejes de tomarlas. Me parto.

Una cosa que he hecho, que creo que es importante, es ponerme de acuerdo con dos amigos para dejarlo a la vez. Así sabremos cómo vamos y nos podremos dar ánimos. Lo que me da miedo es que si cae uno, seguro que también caigo yo. Uno es un colega de profesión, Jaime, que también vive solo y tomará Champix.  El otro es Jorge (este se llama como yo) y lo va a dejar a palo seco, aunque él lo tiene más fácil, porque tiene mujer y dos hijos. Supongo que hasta ahora sólo podrá fumar cuando va a tirar la basura. Me lo imagino fumándose tres cigarros seguidos en el trayecto.

Hablo con ellos y coincidimos. Ahora lo tenemos fácil para dejarlo. Es invierno y en Asturias hace frío. No te dejan fumar en los bares y salir a la calle es un coñazo. Así que vamos a por ello.

 Lo peor de todo es que todo el mundo me dice que hace falta estar convencido. Y, sinceramente, yo no lo estoy. En absoluto. Pero bueno, si lo dejo, mejor. Y eso que me ahorro. Lo dicho, vamos a por ello. Las pastillas hay que empezar a tomarlas entre ocho y catorce días antes de la fecha de dejar de fumar. Tienes que dejarlo radicalmente, nada de ir reduciendo ni mariconadas. Yo comienzo a tomar las pastillas el martes 4 de enero de 2011. Y me fijo como fecha para dejar de fumar el 12 de enero. Ahí vamos.

Tengo varias cenas durante ese tiempo. Las que van quedando rezagadas por falta de quorum en las fechas navideñas. Ahí fumo, aunque sea en la calle. Y en casa ni te cuento. Pero comienzo a hacer una cosa que creo que es importante. Le cuento a todo el mundo mi situación. Es decir, que voy a dejarlo el día 12. A todo el que pillo se lo cuento. Aunque no lo conozca mucho. De esta forma, pienso, me dará vergüenza volver a caer en el fumeteo. Sí, creo que eso está bien hecho. Contarlo. Contarlo mucho.

Mis primos, a los que por supuesto se lo he contado, me dicen que no tome esas pastillas. Que han hablado con un médico (¿o una médico?) y que les ha dicho que al final es contraproducente. Que voy a tener problemas de hígado. Ni caso. Yo sigo tomando mis ‘pastis’.

El capullo del Jaime ha comenzado a tomar las pastillas antes que yo y dejará de fumar el día 10. Mientras, Jorge (el que se llama igual que yo) va a sincronizarse conmigo y lo dejará el día 12 también. Bueno, lo de Jaime es, al fin y al cabo, una suerte para mí, porque si tiene algún problema con las pastillas, me lo contará. Va por delante. Yo de momento no tengo problemas serios. Lo único que tengo unos sueños muy intensos, casi reales. Y sueño cosas un poco raras. Que todo sea eso. También me hacen ir a la cama antes, como si estuviera cansado.

Y entonces todo se precipita. Cuando se va acercando el día que lo dejas, las cosas empeoran antes de que tú lo imaginaras. Aunque esté fumando, ya se me pasa por la cabeza lo mal que lo voy a pasar cuando no tenga la oportunidad de llevarme ese cigarro a la boca. Y eso te quema.

Así que el calvario que uno sufre al dejar de fumar no empieza, como yo pensaba, cuando lo cortas radicalmente. Sino dos días antes. Por eso comienza mi crónica de los acontecimientos desde ahí.