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Limitación a 50

Desde hace ya varios meses la entrada a Oviedo por la A-66, donde también confluyen la A-64, es decir, la entrada de la autopista “Y” de toda la vida viene padeciendo una circunstancia absolutamente impresentable.

Y es que, en plena autovía, han colocado un cartel de limitación a 50 kilómetros por hora. Así, de repente.

De hecho, el cartel de fin de autovía está un kilómetro más adelante.

Esto hace que todo el mundo pise el freno a lo bestia. Es lo que tiene venir por una autovía tranquilo y encontrarte con una señal de 50. Lo malo es si el de detrás no está atento o no conoce la historia.

Como se puede ver en la foto, los frenazos son constantes. Hay situaciones de absoluto riesgo todas las mañanas. Lo sé porque yo paso por allí todos los días.

Cuando alguien se mate, se estrelle o sea embestido por otro vehículo nadie asumirá responsabilidades. Ninguno de los que se permiten hacer estas burradas con nuestro dinero.

El que termine entre los hierros podría ser yo.  Y me tocaría mucho los cojones.

Amiguitos de Creative, iros a la puta mierda

Pues resulta que tengo una cámara web  de la marca Creative.  La compré hace años, pero apenas la he usado.

Sin embargo, precisamente hoy iba a hacerlo. Iba a conectarme con mi sobrinita, mi ahijada, que hace mucho que no la veo a esto de las ocho. Me hacía mucha ilusión.

Como he cambiado de sistema operativo, antes era un Windows XP y ahora un Windows 7, no creía que hubiese mayor problema. Suponía que tendría, a lo sumo, que irme a la página oficial de Creative y bajarme la actualización correspondiente para que funcionase.

Pues no funciona. Ni con el disco original que tengo a mi lado.  Y en la página oficial, dice literalmente:  “El producto que ha seleccionado se ha clasificado como ‘Fin del tiempo de vida'”

Es decir, que ya se despreocupan. Que la cámara ya no vale. Que me compre otra.

Pues amiguitos de Creative, ya os pueden ir dando por el culo. Yo me he quedado sin poder hablar y ver a mi sobrina con una cámara que apenas he utilizado. Pero lo que tengo claro es que no me vais a vender ni un pendrive. Se acabó, capullos. Ineptos.

Ahorraros mandarme un correo electrónico de disculpas. Y sobre todo, evitad venir a verme para pedirme perdón. Porque os meteré la cámara por el culo. Y es pequeña, pero tiene muchas aristas. Hasta para eso sois torpes.

A mí ya me habéis visto.

Me gusta Eurovisión

Todos los años veo el Festival de Eurovisión.  Es una especie de ritual. Me trae muy buenos recuerdos.  Y sí, cuando lo digo públicamente he tenido que tropezar con gilipollas que al enterarse me dicen con aire condescendiente que eso de Eurovisión sólo es para frikis o para gays. A mamarla, a mí me gusta y punto. Y lo veré hasta que me muera porque lo he convertido en una noche mágica. De las pocas noches en las que veo la televisión.

Reconozco que el Festival ha perdido mucho. Ha habido errores de bulto por parte de sus responsables.  La eliminación de la orquesta, el abuso del play back, el afán por parte del colectivo homosexual de apropiarse del evento, la eliminación del jurado,  las votaciones populares por teléfono o SMS, los programas basura para elegir las canciones, alargar artificialmente el evento con semifinales y dejar de lado a auténticas potencias en el mundo de la canción como Irlanda o Italia son, entre otras, cosas que me tocan mucho los cojones.

Pero al final, es lo que es. Un festival de una noche. Una pequeña cita. Un conjunto de canciones que intentan recauchutar lo que ha triunfado durante el año. De vez en cuando se cuela alguna joya. Este año, en una edición de una calidad más bien baja, el tema elegido parece ser el “buen rollo”. Todo apunta a un duelo musical entre Bosnia y Serbia. Tiene cojones, hace unos años estaban matándose. A disfrutarlo.

Yo ya tengo una canción favorita. Y no es ninguna de esas dos de arriba. Otro año que tampoco acertaré y me cabrearé solo.

A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) – y 13

 

VIERNES 21, DÍA 10

Último día de la semana. A partir de mañana, minivacaciones hasta el próximo jueves. Vamos a ello. Sigue resultándome raro el primer momento de la mañana  sin un cigarro. No sé, quizás debería pensar en hacer deporte, en apuntarme a la piscina, en hacer algo…  En el coche, no escucho la canción. Creo que hoy estoy mejor.  

El día está frío, pero hay un cielo azul que siempre anima. Al final lo que cuenta siempre es la luz. Las mujeres están más guapas y el estado de ánimo se viene arriba. Yo puedo con esto y con más. No es ningún drama, joder.

Voy a comer sólo al hotel. Sole, la camarera, me pone en una mesita de estas que tienen individuales. Bueno también pueden comer dos. Me siento de espaldas a la pared, flanqueado por otros dos currantes, cada uno en su mesa. Se está muy bien aquí porque puedes leer el periódico. Estas a tu bola y te sirven rápido y muy profesional. Pero no sé qué pasa. Sole me dice que la mesa cojea, y es cierto.

-Esto te lo arreglo ahora.-dice, Sole. Toda rubia, sonriente. Siempre me cayó muy bien.

Vuelve con una especie de servilletas y se agacha bajo la mesa, a la altura de mis rodillas y se pone a arreglar el asunto, dejando el culo fuera de la mesa. Sí, parece lo que parece. Y por eso le veo gracia al asunto.

-Sole, por favor, aquí no…¡Que puede haber fotógrafos!- le espeto.

No sé cómo va a reaccionar. Pero se ríe. De hecho, se parte el culo.Y mientras, sigue con lo suyo y se da en la cabeza con la tabla de la mesa. Yo también me río. Y los vecinos con sus mesas también. Cuanto más esfuerzo hace para acabar antes, más tarda. Por precipitarse. “Sole, por favor”,  le digo de vez en cuando.  Es divertido, coño. Puedo ser divertido, aunque no fume. Sigo siendo yo.

Siempre que los viernes acabo de trabajar me siento raro. Como si tuviese ante mí una liberación inesperada, cargada de tiempo. Y yo sin saber qué hacer. ¿Saldre? Ya lo veremos. Siempre me ha gustado improvisar. Es lo mío. Pero lo más seguro es que me quede en casa, viendo una película o jugando a la Play. Ahí estoy a gusto.

Llego y me pongo en el ordenador un momento a revisar unas cosas. Pienso que no he escuchado en lo que va de día la canción. Pongo el vídeo en Youtube. La verdad es que he tenido un ojo buenísimo para escogerla. Esos tíos de los años sesenta, con sus bigotes, sus ropas, su rollo alternativo, paseando por Londres…Y me doy cuenta que en todo este tiempo no he reparado en la letra de la canción. Tiene que ser la ostia, porque la canción es brutal.  Así que me busco en Internet la letra.

 Y no lo puedo creer.

‘Nos saltamos el suave fandango

Y giramos ruedas a través del piso

Me sentía un poco mareado

Pero el gentío pedía más

El salón estaba muy activo

mientras el techo se alejaba

Cuando pedimos otra bebida

La mesera trajo una bandeja

Y así fue que después,

cuando el molinero contaba su historia

que su rostro al principio fantasmal

cambió a una blanca palidez

Ella dijo “No existe una razón,

Y la verdad es fácil de ver”

Pero me perdí entre mis cartas de juego

Y no la dejaría ser

Una de las dieciséis vírgenes vestales

Que eran dejadas en la costa

Y aunque mis ojos estaban abiertos

Pudieron bien haber estado cerrados

Y así fue que después,

cuando el molinero contaba su historia

que su rostro al principio fantasmal

cambió a una blanca palidez’

¿Qué coño es esto?

Lo leo una y otra vez y no lo entiendo. No tiene sentido.  Todo este tiempo que he visto el videoclip en Youtube  daba toda la impresión de que decían algo profundo, importante, casi místico…Y resulta que la letra ¡es esta puta mierda!. Lo confirmo en otras páginas web especializadas. Sí, no tiene más. Este auténtico mito de la música, una de las canciones pop más potentes de la historia tiene una letra que no tiene ni pies ni cabeza.

Atónito, releo los versos una y otra vez buscándole sentido alguno. Y no existe. Es totalmente absurdo.  Lo del molinero me supera. Voy saliendo de la petrificación inicial y veo que quizás todo termina encajando. Al fin y al cabo lo que me está sucediendo estos días también tiene un poco de absurdo.  Un Gobierno que fomenta la venta del tabaco. Que luego la prohíbe en bares, restaurantes, centros de trabajo porque es malo para la salud. Pero lo sigue vendiendo. Y hay gente que sale a la calle a congelarse para seguir consumiendo esa cosa. Para aspirar humo. Otros recurren a pastillas que valen un pastón para dejar de congelarse. Unas pastillas que les joden el estómago.  Unos lo dejan y otros vuelven. Algunos se declaran en rebeldía… Todo es raro, complicado. Extraño,  absurdo. Al final, todo es ‘A whiter shade of pale’.