A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -10

 

MARTES 18, DÍA 7

¿Dónde estoy? Ah, es verdad, vuelvo a estar en mi casa, en Villaviciosa. He tenido sueños muy profundos y reales. Esta semana madrugo para ir al trabajo. Permanezco en la cama porque todavía no quiero levantarme. Aún recuerdo lo mal que lo pasé ayer. Sin embargo, parece que hoy estoy mejor.

Así que salgo de la cama, como anestesiado, pensando que si hago algún movimiento brusco posiblemente vaya a pasarlo mal por la ausencia de tabaco. Empiezo a cogerle el punto a la nueva cafetera y sus dosis. La verdad es que para una persona sola está muy bien. No voy a mentir, me apetecería un montón fumarme un cigarro. Pero no puedo. No voy a fumar más, me repito.

Tras escuchar al menos un par de veces ‘A whiter shade of pale’ llego al trabajo mascando chicle. Definitivamente este no es un día malo. Pero lo que de verdad me aterra es pensar que puedo tener recaídas como la de ayer. Yo no contaba con eso. A partir de ahora tendré que estar preparado. En cualquier caso tengo que dejar de dramatizar con las cosas.

Precisamente hoy he hablado por teléfono con un buen amigo, José Miguel. Le he contado que lo había dejado, porque se lo cuento a todo el mundo con el que hablo, ya sabes. Me ha dicho que él lo dejó hace seis años. Que voy a pasar este mes mal, el siguiente mejor, y el tercero voy a estar bastante angustiado. Coloco su predicción en el cajón de múltiples consejos que no me creo y que me van arrojando estos días todos los ex fumadores con los que hablo.

José Miguel me dice que los psicólogos suelen comparar dejar el tabaco con la muerte de un ser querido. Que tarda en el tiempo. Esto sí que es nuevo para mí. No se me había ocurrido.  La comparación se me hace extraña. Pero luego lo pienso y no es tan descabellada. De alguna manera yo me siento vacío desde que he dejado de fumar, como si me faltara una parte. Y sé que sólo el paso del tiempo va a hacer que desaparezca esa sensación. No hay recetas milagrosas, lo que cuenta es que pase el tiempo. Por otro lado, ¿cómo sabe mi amigo lo que dicen los psicólogos? ¿Habrá ido? No se lo pregunto.

Termino de trabajar. Qué pronto se hace de noche. Apenas hay luz a las cinco y media. Voy por una de las calles más transitadas de Oviedo en dirección al aparcamiento, con las manos metidas en los bolsos y con la capucha, porque llueve un poco. En la mano derecha noto algo frío y detecto que es metálico. Entiendo que es un bolígrafo, y de los buenos. Así que quiero echarle una ojeada. Lo saco del bolso. No. No es un bolígrafo, es un cuchillo con el mango metálico.

Vamos a ver. ¿Qué coño es esto? ¿Qué hace un cuchillo en el bolso de mi cazadora?  Me paro en la calle mirando al cuchillo metálico, que sujeto en la mano. Está sucio, presenta restos de comida. De mi casa no es. Del restaurante donde como habitualmente tampoco porque no tienen ese diseño. Quizás sea uno que había en un cuarto de la oficina, que se solía utilizar para cortar los pasteles que se regalaban por algún cumpleaños. Pero ¿cómo diablos ha terminado en mi bolso?

Pienso todo eso y me hago preguntas, cuando me doy cuenta de que estoy en medio de la calle, con el rostro semioculto por una capucha y mirando un cuchillo metálico que sostengo en la mano. Por eso la gente que va caminando se aleja de mí. Qué fuerte. Necesito deshacerme de él. ¿Dónde hay una papelera?. Si algún agente de Policía me ve seguro que me dice algo. O me detiene. Sigo caminando en busca de una puñetera papelera. Pero me doy cuenta de que camino con el cuchillo agarrado por la empuñadura. Joder. En el bolso no lo voy a volver a meter, que está sucio. Me decido por cogerlo por la parte sucia, retrasando el mango hacia la muñeca, ocultándolo. ¿Qué pensará la gente? Por fin. Encuentro una papelera y me deshago del cuchillo.

No le encuentro explicación. Llamo a la oficina a ver si ha habido alguna simpática que me lo haya metido en el bolso en plan de broma. Sospecho de una. Pero, asombrados por lo sucedido, lo niegan una y otra vez. Pues yo tampoco me he metido el dichoso cuchillo en el bolso.

Ya cuando llego a casa estoy más tranquilo, tras 25 minutos de trayecto en coche. Tengo muchas horas por delante y sin fumar. Pienso en el cuchillo y que hoy lo estoy llevando mejor que ayer. Me pongo a mirar cosas en el ordenador y entonces sí, entonces me entran ganas de fumar. Como estoy en el salón grande me da por andar. Doy vueltas, camino en redondo. Joder, qué cuadro.

Luego para cenar, lasaña recalentada. Me voy a la cama prontito a leer. Pongo la radio y me quedo dormido con su eco. Qué mal se sintoniza la radio en esta casa. ¿He tomado la pastilla? Ah, sí.

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