A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -7

 

SÁBADO 15 – DÍA 4

Lo malo de dormirse tan pronto es que te despiertas también a una hora muy temprana. Y encima con ganas de fumar. Pero bueno, es lo que hay. Es mi cuarto día. Con dos pelotas. Estoy en casa de mis padres y aquí el café es de una máquina normal. De hecho me tomo el del día anterior. Me voy a su ordenador, procurando no hacer ruido para no despertarles, a brujulear en Internet. Jo, con las veces que yo he fumado al tiempo que le daba golpes a este teclado…Tengo que ser fuerte.

Ya se levantan mis padres. Están contentos. Y yo me tengo que ir a trabajar. El trayecto desde casa de mis padres a la oficina es menor que el que hay desde mi casa. Tras aparcar y empezar la pequeña caminata me doy cuenta que no he escuchado la canción  ‘A whiter shade of Pale’ en el coche. Seguro que lo haré luego en la oficina.

 Antes de ir a trabajar se me ocurre exponerme a otra situación de riesgo. Voy a entrar a una cafetería a tomar un café. Con un par. No lo he hecho hasta ahora, salvo en el bar que está al lado de mi casa, porque ¿qué sentido tomar un café en un local si no puedes fumar? Esta vez lo hago. Y curiosamente no me siento tan mal. El ansia se ha hecho más uniforme, más estable. Se va llevando mejor, aunque esté ahí.

He quedado hoy con Jaime. Nos vemos y contamos nuestras evoluciones. Él dice que se siente mejor. Yo no. Él tampoco tiene más hambre. Ahí coincidimos. Y entonces me cuenta una cosa. Pero antes te comento una cuestión que se me había olvidado. Esta mañana cuando iba a ducharme me miré de reojo en el espejo. Y entonces me pareció como que tenía la barriga más redonda. Vamos, como que había engordado. Imposible, pensé. ¿En cuatro días?, no puede ser.

-Joder, tío, he engordado cuatro kilos.- Es lo que me dice Jaime.

– Calla, calla, serán imaginaciones tuyas, a mí también me pareció hoy al mirarme en el espejo…

– Que no, que no, que me he pesado y todo. De 90 a 94 kilos. Tengo que ir al gimnasio.

Tiene bemoles. O sea, que ahora se engorda por la gracia de Dios. Yo le digo que quizás es que ahora no cagamos bien y que acumulamos. Pienso en el chuletón que cené ayer. ¿Tendré que cuidarme? Yo al gimnasio no voy porque me parece un coñazo. Y correr lo veo de cobardes…

Bueno, en fin, que vuelvo para la oficina. Me encuentro a una prima mía que me dice que también dejó de fumar en su día. El submundo de las personas que han dejado de fumar y te cuentan su experiencia es de lo más variopinto. Cada uno te dice una cosa. El jueves otra conocida  me comentó que ella lo dejó hace diez años y que sigue teniendo unas ganas locas de fumar. Ahora mi prima me dice que ni piensa en ello. Pero hay muchas variantes. Cada uno te cuenta una película distinta. Hace tiempo que he decidido no hacerles caso. O sea, no tomarme las cosas al pie de la letra. Porque cada persona es un mundo. Y además, hay gente muy colgada. Yo, a lo mío.

Compro chicles después de comer. Me están entrando muchas ganas. Ahora ya no es todo el cuerpo el que me lo demanda, ni la barriga ni la cabeza. Pero de repente noto una sensación nueva, un malestar que aún no había conocido. A ver si puedo describirlo. Es como si notase un vacío en la parte posterior de la boca. Como si todas las células que forman el cuello y la garganta me soltasen a gritos: “Eh, tú, ¿qué hay de lo nuestro?”. Y me harto de que me lo pregunten una y otra vez. “De lo vuestro ya os podéis ir olvidando”, me dan ganas de contestarles. Pero claro, yo no hablo su idioma.

Los fines de semana que me toca trabajar estoy solo en la oficina. Eso hacía antes, cuando me tocaba,  aprovechase para fumar. Abría una ventana por un lado y otra en el opuesto para que se fuese el humo y el olor. Lo malo era que yo estaba en el medio de la corriente. Eso hacía que tuviese que ir abrigadísimo a trabajar. Y que a veces estuviese frente al ordenador con el plumífero puesto, subido hasta el cuello, dándole al teclado pero vestido como si me encontrase en Vaqueira Beret. Supongo que esa imagen me dará risa o pena en el futuro. No lo sé.

Otro día que he aguantado. Además, hoy creo que apenas he resoplado. También me quedo en casa de mis padres. Joder con mi madre. Me pone para cenar un cocido de garbanzos que ha puesto al medio día. Con su chorizo y lacón. Y me lo como. Pero sigo pensando que no tengo más hambre ahora que antes. Cuando fumaba también me comía algún cocido de mi madre de cena alguna vez. Es que las madres son la leche. Por más que cumplas años, ellas te ven como un desnutrido durante toda la vida. No pasa nada. Otro día a la cama prontito. A llevarlo. A sufrir. La de hoy ha sido una jornada mejor que la de ayer. Y esperemos que mejor que la de mañana.

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