A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar)- 6

 

VIERNES 14 DE ENERO.- DÍA 3

Otro día que me despierto pronto, a eso de las siete de la mañana. Doy vueltas y vueltas en la cama. Tiene bemoles que me despierte y tenga ganas de fumar. No sé si ponerme a leer el libro que tengo para dormirme, uno que va sobre los prolegómenos de la guerra civil en España, que ganó el premio Planeta este año, o levantarme. Al final, de forma valiente, opto por lo segundo.

Noto que me duele un poco la garganta. Carraspeo. Que raro, si ya no fumo. Me lo explico a mí mismo diciendo que eso debe de ser que el cuerpo está reaccionando. Bueno, hoy voy a dormir a casa de mis padres. Allí me quedo el fin de semana. Tengo que recoger cosas para llevar. Pero todavía me queda mucho tiempo, es pronto. Así que me planteo ponerme en una situación de riesgo extremo: delante de la Play. Los cigarros, a veces dos, que venía echando entre partida y partida eran míticos. Así que pongo el juego de F1 2010 de Codemasters, que es un ‘pasón’, y me pongo a correr en Inglaterra, en Silverstone. Cuando termino, las ganas de fumar son grandes. Las domino. Yo soy el que domina. Son muchos años, es lógico.

Luego friego varios platos y tazas que tengo sucias por la cocina. Lo hago con el estropajo que compré en el supermercado. Es cojonudo, porque puedes meter jabón por un mango que tiene. Termino y, por fin, va llegando la hora para irme. Me pesa todo el cuerpo. Cada paso que voy a dar me imagino luego fumando. Pero me lo tengo que negar a mí mismo una y otra vez. Por fin, me voy a trabajar. Antes me compro otra caja de las pastillas Champix, para las semanas 3 y 4. Me cuestan 61 euros. Joder, que pastón. Y a lo mejor no me hacen nada.

El día es complicado. Ya sé que no es ninguna novedad, pero sí hay alguna diferencia. Si bien los dos primeros días lo pasaba fatal, lo que les caracterizaba es que tenía picos de sufrimiento grandes. Hoy, sin embargo, estoy más estabilizado. Es decir, es una sensación de estar jodido, pero más sostenida en el tiempo, sin tantos sobresaltos. La camarera, a quien también se lo he contado hoy, Mary, me ha dado caramelos. Se creerá que por dejar de fumar voy a joder los dientes. Los reparto entre las compañeras de la oficina, que se lanzan sobre ellos como buitres carroñeros.

Ya es de noche y llego por fin a casa de mis padres. El trayecto urbano se me ha hecho duro, porque siempre lo he hecho fumando un pitillo por la ventana del coche. Al entrar por la puerta me reciben con afecto. Directamente a la cocina. Allí destaca sobre todas las cosas mi cena. El chuletón que me ha preparado mi madre es inmenso, descomunal. Pero además  le ha puesto una fuente de patatas enorme. Y chuletón y patatas se solapan en importancia. Qué desfase.

Mira que me han dicho que cuando dejas de fumar te entra el hambre. Pues a mí no. Y que percibes mejor el sabor de las cosas. Pues tampoco. Yo no noto nada de eso. Eso sí, me esfuerzo por acabar el chuletón ante la mirada de mis padres. Mi madre, que está pachucha, dice que soy muy valiente por dejarlo. Yo le resto importancia, que no se pase. Y luego reconoce que está preocupada por si me entra una depresión por dejar de fumar. Las madres son la ostia. Siempre se preocupan por todo. O sea, veinte años, dando la murga con que lo deje y ahora que lo hago, se preocupa por si entro en depresión. ¿Estamos locos?.

El que es un fenómeno es mi padre. Me va dando consejos sobre los plazos en los que va a dejar de importarme. Cualquiera que lo oiga parece que él ha dejado varias veces de fumar. El tío es creíble y todo cuando lo cuenta. Pero no ha fumado en su vida. “Oye, oye, que algún cigarro sí que me he fumado yo”, me replica. Me parto.

Explico que mi decisión se debe a que con la nueva ley, ya no voy a poder fumar en ningún lado, porque te echan de los bares y restaurantes, y no voy a estar a gusto. “Bueno, vosotros los fumadores habéis abusado durante mucho tiempo”, me dice mi padre, como justificando la norma.

Entonces, de repente, siento que tengo que tomar partido. ¿Voy a ser un ex fumador radical que condena a todos los que fuman o voy a convertirme en un ex fumador tolerante que apoya la libertad de cada uno?. Me decido por lo segundo. Y le digo a mi padre que estoy en contra de la ley. Que eso de prohibir tanto no está bien, que debería saberlo…

Después de cenar, hablamos un poco. De esto y de aquello. Deseo tumbarme en la cama y echar un pito, pero no puedo. Les digo que me voy a la cama, a la misma cama donde siempre he fumado. Otra situación de riesgo. Me aguanto y me jodo. Y leo mi libro de los prolegómenos de la Guerra Civil, que me lo he traído. Caigo frito al cabo de unas páginas.

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