A WHITER SHADE OF PALE (De cuando intenté dejar de fumar) -1

INTRODUCCIÓN

Algún día tenía que dejar de fumar. Pues bien, ese día ya ha llegado. No es que esté convencido del todo y ese es uno de mis temores sobre mis posibilidades de éxito. Pero voy a intentarlo por primera vez y el próximo miércoles 12 de enero de 2011 lo dejo. Quizás por eso escribo esto, tal vez a modo de terapia, tal vez para ayudar a alguien que pueda encontrarse en una situación parecida a la mía e identificarse. Quizás no consiga dejarlo y todo esto no habrá servido para nada. Pero creo que puedo. Otros lo han hecho. ¿Por qué yo no?.

La cuestión es que este año cumplo los cuarenta. Llevo fumando desde los 20 años aproximadamente un paquete diario. Y eso de forma regular. Porque cuando salgo de parranda la cosa puede aumentar y aumentar. Rubio, siempre tabaco rubio, en concreto Lucky Strike. Lo compro por cartones en el estanco y así no tengo problemas de abastecimiento. Como vivo sólo, sin hijos, mujer o suegra fumo donde quiero y cuando quiero. Una gozada, vamos.

Pero claro, las cosas se han puesto mal. El Gobierno ha impulsado ahora una ley que prohíbe fumar en bares. Incluso en las cercanías de hospitales o colegios. Totalmente prohibido queda en los aeropuertos. Es la dictadura de los aburridos, de los que no fuman, que piensan que así van a ser menos aburridos. Te bombardean con estadísticas de las muertes que causa el tabaco. Y de lo que cuesta al Estado un enfermo por cáncer de pulmón. Pero creo yo que se olvidan de restar de esa cantidad los impuestos que has pagado toda tu vida por los cigarros que te fumas. Y también lo que se ahorran en esos años que supuestamente no durarás y en los que tienen obligación de pagarte una pensión y de atender sus achaques. Allá ellos. A mí no me la pegan. Mienten una vez más.

Pero no sólo por la nueva ley la situación es prácticamente insostenible para los que fumamos. Ocurre que cada vez estoy rodeado de más gente que no lo hace. Mis amigos ya tienen críos y eso. Y cuando vienen a casa tampoco les voy a ahumar. Algunas de mis amigas están embarazadas: tres cuartos de lo mismo. Eso es un coñazo, porque lo pasas mal.  Tampoco puedes en viajes, en cines y ahora, en los bares. Así que, a dejar de fumar.

Para conseguirlo me he comprado unas pastillas azules que me ha recomendado un compañero de profesión. Se llaman Champix. Al parecer actúan sobre el cerebro y le dan el rollito que proporciona el cigarro. Las tengo compradas desde octubre. Pero no me he puesto a ello aún, porque siempre me surgía algún plan en el que no podía prescindir del tabaco. Cuando no era una cena, era una excursión, un encuentro con antiguos ex compañeros o la Navidad misma. Así que lo he ido posponiendo.

En el prospecto de las pastillas dice cosas muy curiosas. Tiene una lista de contraindicaciones con la que puedes empapelar una pared. Entre ellas pone algo así como que si tienes comportamientos o pensamientos suicidas que dejes de tomarlas. Me parto.

Una cosa que he hecho, que creo que es importante, es ponerme de acuerdo con dos amigos para dejarlo a la vez. Así sabremos cómo vamos y nos podremos dar ánimos. Lo que me da miedo es que si cae uno, seguro que también caigo yo. Uno es un colega de profesión, Jaime, que también vive solo y tomará Champix.  El otro es Jorge (este se llama como yo) y lo va a dejar a palo seco, aunque él lo tiene más fácil, porque tiene mujer y dos hijos. Supongo que hasta ahora sólo podrá fumar cuando va a tirar la basura. Me lo imagino fumándose tres cigarros seguidos en el trayecto.

Hablo con ellos y coincidimos. Ahora lo tenemos fácil para dejarlo. Es invierno y en Asturias hace frío. No te dejan fumar en los bares y salir a la calle es un coñazo. Así que vamos a por ello.

 Lo peor de todo es que todo el mundo me dice que hace falta estar convencido. Y, sinceramente, yo no lo estoy. En absoluto. Pero bueno, si lo dejo, mejor. Y eso que me ahorro. Lo dicho, vamos a por ello. Las pastillas hay que empezar a tomarlas entre ocho y catorce días antes de la fecha de dejar de fumar. Tienes que dejarlo radicalmente, nada de ir reduciendo ni mariconadas. Yo comienzo a tomar las pastillas el martes 4 de enero de 2011. Y me fijo como fecha para dejar de fumar el 12 de enero. Ahí vamos.

Tengo varias cenas durante ese tiempo. Las que van quedando rezagadas por falta de quorum en las fechas navideñas. Ahí fumo, aunque sea en la calle. Y en casa ni te cuento. Pero comienzo a hacer una cosa que creo que es importante. Le cuento a todo el mundo mi situación. Es decir, que voy a dejarlo el día 12. A todo el que pillo se lo cuento. Aunque no lo conozca mucho. De esta forma, pienso, me dará vergüenza volver a caer en el fumeteo. Sí, creo que eso está bien hecho. Contarlo. Contarlo mucho.

Mis primos, a los que por supuesto se lo he contado, me dicen que no tome esas pastillas. Que han hablado con un médico (¿o una médico?) y que les ha dicho que al final es contraproducente. Que voy a tener problemas de hígado. Ni caso. Yo sigo tomando mis ‘pastis’.

El capullo del Jaime ha comenzado a tomar las pastillas antes que yo y dejará de fumar el día 10. Mientras, Jorge (el que se llama igual que yo) va a sincronizarse conmigo y lo dejará el día 12 también. Bueno, lo de Jaime es, al fin y al cabo, una suerte para mí, porque si tiene algún problema con las pastillas, me lo contará. Va por delante. Yo de momento no tengo problemas serios. Lo único que tengo unos sueños muy intensos, casi reales. Y sueño cosas un poco raras. Que todo sea eso. También me hacen ir a la cama antes, como si estuviera cansado.

Y entonces todo se precipita. Cuando se va acercando el día que lo dejas, las cosas empeoran antes de que tú lo imaginaras. Aunque esté fumando, ya se me pasa por la cabeza lo mal que lo voy a pasar cuando no tenga la oportunidad de llevarme ese cigarro a la boca. Y eso te quema.

Así que el calvario que uno sufre al dejar de fumar no empieza, como yo pensaba, cuando lo cortas radicalmente. Sino dos días antes. Por eso comienza mi crónica de los acontecimientos desde ahí.

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